Una tarde en la habitación

La primera posesión

La mujer con el tatuaje en el antebrazo izquierdo sostiene una punta de la manta blanca. La otra mujer, la de la cadera tatuada, sostiene la otra punta. Ella tiembla un poco. Se miran.

La manta se mueve entre ellas. Se agita en el aire como una bandera lenta. No es una pelea, es un juego.

La mujer del antebrazo tatuado da un paso hacia adelante. La otra cede otro paso. La manta sube y baja. La planta en la maceta permanece quieta junto a la ventana.

Una mujer sostiene una manta y otra mujer también sostiene una manta

La tensión en la tela blanca se mantiene por un momento. Luego, la mujer de la cadera tatuada tira de su lado con más fuerza. Suelta una carcajada que no se escucha. Su pelo oscuro se balancea.

Su compañera resiste el tirón. Sus pies están firmes en el suelo. La manta se estira entre las dos. Forma una línea blanca y tensa a la altura de sus cinturas.

Un nuevo tirón, más suave. La manta cede. Se acerca hacia el centro de la habitación. Ambas la sostienen con ambas manos. Se inclinan ligeramente sobre la tela.

El vaivén se detiene. La manta ya no ondea. Descansa, quieta, entre las cuatro manos. Nadie la suelta.

En la bañera

El vapor empaña la superficie del espejo que está sobre el lavabo. En la bañera, ambas mujeres están sin ropa. El agua cubre sus piernas. La mujer con el tatuaje en el antebrazo izquierdo se inclina hacia adelante, su espalda forma un arco. Su pelo oscuro cae hacia el agua. La otra mujer permanece sentada, observando el movimiento.

Lo parecido está reunido en un mismo sitio: chilenateca.

Un minuto después, la mujer que estaba inclinada se endereza. El agua chorrea por su piel. Se gira hacia su compañera. Sus manos se mueven lentamente. Una palma encuentra el hombro de la otra mujer, luego desciende por su costado.

Se levantan juntas, el agua se desliza por sus cuerpos. Se quedan de pie, una frente a la otra, dentro de la bañera blanca. La mujer del tatuaje en el brazo levanta una mano y toca el pecho de la otra. Sus dedos rozan la piel suavemente. La segunda mujer responde con el mismo gesto, poniendo su mano en el seno de la primera.

Se tocan sin prisa. Sus cuerpos están cerca, separados solo por el breve espacio que el agua caliente ya no logra calentar. Las yemas de los dedos presionan ligeramente. No se miran a los ojos, sus miradas están fijas en el punto de contacto, en el lugar donde sus manos se encuentran con la piel de la otra.

Después de un momento, la mujer del tatuaje en el muslo derecho baja la mano. La otra hace lo mismo. Permanecen de pie en el agua que poco a poco deja ondas más pequeñas. Un aroma a jabón flota en el aire húmedo. En el borde de la bañera, una botella con spray azul y un paño amarillo esperan.

En el suelo de baldosas frías

La mujer con el tatuaje en el antebrazo izquierdo se coloca a cuatro patas. Las baldosas envían un escalofrío a sus palmas y rodillas. Su compañera se arrodilla frente a ella, con las piernas recogidas a un lado.

La que está arrodillada levanta una mano y apoya las yemas de sus dedos en el hombro de la otra. La presión es ligera, casi un interrogante. Recorre con la mano la línea de la clavícula hasta la base del cuello. La mujer a cuatro patas inclina ligeramente la cabeza, ofreciendo más espacio al tacto.

Un baile de ajustes

El movimiento no cesa, sino que se transforma en una serie de pequeños reacomodos. Cambian el peso de un lado a otro, buscan un ángulo, una proximidad diferente. La quietud es solo un respiro entre una variación y la siguiente.

  • La mujer arrodillada desplaza su peso sobre una cadera, acercando su torso.
  • La de cuatro patas baja un poco más los hombros, arqueando la espalda.
  • Una mano que estaba en el hombro se desliza hacia la escápula.
  • La cabeza que estaba inclinada se levanta para un encuentro de miradas.
  • Las rodillas de la primera mujer se separan unos centímetros, buscando un mejor apoyo.
  • La mano libre de la mujer arrodillada se posa en su propio muslo, haciendo presión.
  • Un mechón de cabello oscuro cae sobre el rostro de la de cuatro patas, y ella no lo aparta.

Estos cambios mínimos alteran la composición de sus cuerpos en el espacio una y otra vez. No hay un gesto grande que defina el momento, sino la acumulación de estos pequeños desplazamientos. La planta en su maceta observa desde la esquina, sus hojas inmóviles.

La luz que entra por la ventana ilumina ahora una franja distinta del suelo, más cerca de la bañera. El ambiente en la habitación permanece silencioso, solo alterado por el sonido sordo de la piel sobre la piel y el roce de las rodillas contra el piso. El peso se distribuye de nuevo, y una mano encuentra su lugar en la curva de una cintura.

El momento de la puerta

La puerta de la habitación se abre. El hombre de piel oscura entra y se detiene un instante junto al umbral. Las dos mujeres, desnudas en el centro de la habitación, interrumpen su movimiento. La mujer con el tatuaje en el antebrazo izquierdo gira la cabeza hacia él.

El hombre cierra la puerta a sus espaldas. Camina hacia el centro de la sala, hacia donde están ellas. Ninguna se aparta. La mujer del tatuaje en el muslo derecho observa sus pies descalzos sobre las tablas del suelo.

Una mujer se inclina en la bañera y otra mujer está sentada en la bañera

Él se sienta en el borde de la caja de la cama, que aún está deshecha. La mujer del tatuaje en el antebrazo se acerca primero. Se sienta a su izquierda, su hombro rozando el suyo. La otra mujer se coloca a su derecha, un poco más atrás. Ella extiende el brazo y coloca su mano sobre el muslo del hombre.

Este es el instante en que las formas se redefinen, cuando los cuerpos dejan de moverse solos para buscar un nuevo orden compartido.

Al principio Al final
Las mujeres permanecen de pie en el centro de la habitación. Las mujeres están sentadas a cada lado del hombre en la cama.
El hombre se mantiene de pie junto a la puerta cerrada. El hombre está sentado en el borde de la cama.
El cuerpo de la mujer del antebrazo mira hacia la puerta. Su hombro descansa contra el hombro del hombre.
La mano de la mujer del muslo cae relajada a un lado. Su mano reposa sobre el muslo del hombre.

La mano en su muslo no se mueve. Él tampoco. La quietud llena la habitación durante unos segundos largos. Luego, la mujer del antebrazo gira un poco más el torso para mirar de frente al hombre. Su pierna se dobla sobre la cama, acercándose.

La secuencia de gestos separados ha terminado. Ahora comienza el de tres.

Minuto seis y trece

Mujer1 y Mujer2 se inclinan sobre el hombre. Sus largos cabellos oscuros caen hacia delante, rozando su torso. Mujer1 apoya una mano en su pecho. La otra mano de Mujer1 se posa en el brazo de Mujer2, que a su vez sostiene el hombro del hombre.

Mujer1 desplaza lentamente la mano por el torso del hombre, hacia abajo. Sus dedos trazan una línea sobre su piel oscura. Mientras, Mujer2 ajusta su postura, arrodillándose a su lado. Su tatuaje en el muslo derecho queda al descubierto.

Mujer1 se mueve. Se acomoda sobre el hombre, apoyando su cuerpo a lo largo del suyo. Su vientre, con el ombligo sin perforar, se presiona contra él. Su brazo izquierdo, con el tatuaje en el antebrazo, queda extendido a un lado. La palma de su mano mira hacia arriba.

Mujer2 observa un momento. Luego, se acuesta a un lado del hombre, junto a Mujer1. No hay contacto entre las dos mujeres ahora. Mujer2 descansa la cabeza en su propio brazo, mirando hacia el rostro del hombre. Su pierna se dobla ligeramente.

El movimiento cesa. Las tres figuras permanecen quietas. El aire en la habitación parece aquietarse con ellos. La respiración de Mujer1 es visible en el lento movimiento de su espalda. La mano de Mujer2 yace inmóvil sobre la sábana blanca.

Mujer1 ajusta ligeramente la posición de su cabeza sobre el pecho del hombre. Su pelo se esparce más. Después de unos segundos, Mujer2 lleva su mano libre al brazo del hombre. Lo toca con suavidad, sin alterar el reposo.

En la cama, apilados

Ella se mantiene sobre el hombre, su cuerpo un peso constante. Su pelo oscuro se esparce sobre su pecho. La mujer de la cadera tatuada se incorpora un poco. Mira la escena un instante.

Luego, la mujer del antebrazo tatuado siente un nuevo peso sobre su espalda. Su amiga se tiende directamente sobre ella. No se ajusta, solo se deja caer. La pila de cuerpos se compacta.

La que está en lo más alto apoya la cabeza entre los omóplatos de la de abajo. Su brazo cuelga a un lado, rozando el borde de la cama. El hombre permanece inmóvil bajo las dos.

Los tres respiran al unísono, un ritmo sincronizado que llena el silencio de la habitación. La luz de la tarde entra por la ventana e ilumina el borde de la manta blanca. La botella con spray y la bayeta amarilla siguen en su sitio, en el suelo.

Así se quedan. La mujer en el centro siente la presión de arriba y la calidez de abajo. Los minutos pasan sin que nadie se mueva. La pila humana se mantiene estable, un equilibrio final.